viernes, 24 de febrero de 2017

pozo

Un pozo había en mi cama de dos plazas, después de estar horas en la misma posición mirando la humedad que se asoma por el techo. Las almohadas parecían cada vez más chicas y a través de las persianas bajas podía ver el sol perdiéndose en el tiempo. La computadora se queda sin batería, con una película por la mitad que no voy a seguir mirando. Una gran parte de mí quería que esa película terminara de una vez y a cada minuto que pasaba, me hundía un poco más en el colchón duro. El aire estaba espeso y el calor dolía, no solo en el cuerpo, sino en el saber que se estaba robando mis días.
Moverme era difícil y al levantarme sentía dos bloques de hierro atados a mis tobillos. Arrastraba los pies hasta el baño y me lavaba el sudor seco de mi cara. Volvía al mismo pozo del principio, sin querer ni siquiera terminar la maldita película, sin querer ni siquiera enchufar la maldita computadora.
Al cerrar y abrir los ojos me sentí prisionera de esas paredes altas que me rodean. No podía respirar porque cada vez el colchón se hundía más y más, robándome el aliento. Quería salir y ver el cielo, respirar el aire fresco que tanto me gusta, pero mi cuerpo y las sabanas se volvían uno. Dejé de luchar. Recordé las muchas veces que me encontré en esa situación, sola. Y no me gusta estar sola.
Me sentí cansada de siempre necesitar a un otro para poder vivir la vida que quiero, para poder disfrutar de las horas de vida que tengo. No solo cansada, sino también incapaz, abandonada y sola. ¿Por qué el "estar sola" era un problema tan grande? ¿Por qué le tenía tanto miedo a eso?
Lloré y mucho, lloré como lo venía haciendo hace varios días. Lagrimas que reflejaban el agotamiento de una vida que no quiero para mi, de una rutina que se estaba robando mis ganas de reírme fuerte como siempre. Me saturé de estar en la misma ciudad por tanto tiempo y no huir aunque sea un rato, me saturé de caminar las mismas calles y cruzar las mismas avenidas. No estaba sola encerrada entre esas paredes, pero así lo sentía.
Y el llanto fue muchísimo, en parte porque me di cuenta de que ese pozo de la cama era la expresión mas verdadera de mi vida. Había convertido mis días en laberintos sin salida, sin quererlo, pero lo hice. Y lloré mas todavía al darme cuenta de que me llené de todo lo que odio, de lo que nunca quise tener cerca.

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