martes, 24 de enero de 2017

pasajeros

Veo a personas mirando atentamente alrededor, esperando por algo. Veo otras personas comprando cosas que quizá nunca usen. Veo las ventanas abiertas de un colectivo lleno de personas perdidas en sí mismas, dos mujeres viajan una al lado de la otra con los hombros pegados, pero ni siquiera saben sus nombres. Unos completos desconocidos. Yo también soy una completa desconocida.
Cada uno de esos pares de ojos está posado en algún sitio de esa caja metálica con 4 ruedas, cada uno perdido en la simpleza de la rutina, ajenos al mundo. Entre algunas caras que reflejan el agotamiento y la espera eterna, se filtra alguna sonrisa, acompañada de unos ojos que se cierran y sin duda un recuerdo repentino. También puede filtrarse algún beso, algún cruce de miradas, algún empujón, interferencias que nos escupen de nuevo al mundo. Pero mas allá de ellas, siguen ensimismados, como si ese pequeño viaje significara un escape a todo lo que comienza apenas tocamos el asfalto con los pies. Y pienso que somos un poco ilusos a veces, como si subirnos a un medio de transporte puede alejarnos de aquello que es real. Pero sí, puede.
Los ojos de los pasajeros están perdidos, eso significa que les queda algo por encontrar. Los veo, están explorando cada parte del cielo buscando algo que les falta. Una distracción puede devolverlos de nuevo al mismo colectivo con olor a metal, cortinas viejas y ventanas abiertas. Pero la búsqueda no termina ahí, continúa, porque el cielo no va a darnos ninguna respuesta. Como la mismísima vida, continúa.
Me doy cuenta de que somos personas dentro de un mismo vehículo, respirando el mismo aire, mirando las mismas imágenes de la realidad, pero cada viaje siempre será único. Cada ida y venida siempre tendrá el sello de cada par de ojos perdidos en la vida.

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