De chiquita veía a las personas pasar, le gustaba mucho observar a esos adultos que tanto misterio esconden. Resulta que siempre había parejas, siempre dos personas que iban por la calle tomadas de la mano, compartiendo un abrazo o un beso apasionado ¡en la boca!, nunca eran más de dos, siempre eran dos. Se acostumbró, sus papás también eran dos.
Miraba muchas películas en donde había chicas que buscaban "el verdadero amor" y siempre aparecía este muchachito de sonrisa hermosa que se enamoraba de una chica no tan popular pero, hermosa también. Y lo que pasaba es que todo terminaba perfectamente, los dos jurándose amor eterno y la fidelidad más sincera (al parecer). Lo importante era conseguir a un alguien a quien querer, a quien prometer cosas, a quien hacerle compañía, a quien darle la exclusividad necesaria para que se sienta bien.
Su mamá le decía que cuando sepa cocinar ya se podía casar. Su papá, en cambio, que cuando tenga novio primero lo tenía que conocer él para luego aprobarlo. Creció rodeada de ese amor de a dos, de ese amor lleno de cosas hermosas pero también absurdas, amor real pero no completamente sincero. Libros, revistas, televisión, cualquier tipo de información a la que ella tuviera acceso, ahí estaba. El amor romántico empezó a perseguirla y finalmente se adueñó de ella, así como de todo el resto de los mortales.
Ya entrada en la adolescencia creía lo que le hicieron creer, que los celos son amor también, que las peleas son solo etapas, que el amor romántico es lo más maravilloso del universo, que la fidelidad y la confianza son lo más importante en una relación. Así salió a la vida, creyendo que iba a encontrar a un pibe que esté dispuesto a darle todo eso y mucho más, a cambio de lo mismo. Creyó que con eso iba a bastar y que no se necesita nada más. Pensó mas de una vez que no hay otra manera, no hay otra salida, es así. Siguió pensando y se preguntó que pasaría en el hipotético caso que le surjan ganas de estar con alguien más. Llegó a la obvia respuesta de que esas ganas no tendrían que estar, y en el caso de que aparezcan accidentalmente, tienen que ser eliminadas de inmediato. No se puede aceptar en el amor romántico ese tipo de traición y este amor es único e incuestionable (pero lo es porque a alguien le conviene que lo sea).
Los años pasaban y sus amigas tenían novios de 1 o 2 años y lo único que pensaba ella era "¿como es que aguantan?". La verdad es que siempre prefirió conocer a todas las personas que se le presenten, porque le gustaban las personas. Las chicas con novio por alguna razón desconocida no podían "relacionarse tanto" porque "mi novio se pone celoso". Para ella esto era inimaginable, es que la riqueza intelectual de muchos seres humanos la hacían temblar, le gustaba escucharlos. A veces un poco más que solo escucharlos.
Creció más y las frases desafortunadas, que antes eran aisladas, comenzaban a hacerse más frecuentes. La tía Susana que le pregunta para cuando el novio, las amigas que le dicen "cuando tengas novio vas a entender", el chico que le manda un mensaje diciendo "cuando te enamores vas a ver lo que se siente", la abuela que le pide un nieto. Más que gracioso o carente de sentido, comenzó a ser irritante. Sin embargo, no se dejó vencer y siguió conforme a sus ideales. Siguió hasta hoy en día.
Lo que más odiaba de una relación monogamica es la pérdida de la libertad en algunos aspectos, como el deseo mismo. ¿Por qué una persona querría ir en contra de sus propios deseos? Porque la sociedad lo dice. No podía parar de cuestionar esa acción irracional de un ser humano, el cual debe ser libre en todos los aspectos posibles. Si el amor romántico iba a coartar su libertad, ella no quería eso para su vida. Sentía que esa libertad la hacía diferente al resto, no podía renunciar a una parte de ella. A pesar de que se encontró en una encrucijada. A su vez, luchar contra la monogamia es ir en contra de uno mismo, es destrozar cada concepción del amor jamás conocida, es romper con algo que se creía legitimo. No solo eliminar eso, sino instalar una nueva concepción de amor, que ama porque sí, sin restricciones, sin barreras. Amor que no tiene títulos, que no tiene dueños, donde la propiedad dejó de existir y donde predomina la libertad, el interés por el otro (o los otros). Lo sabía, podía aprender a amar de varias maneras y seguiría siendo igual de increíble, seguiría haciéndola reír y llorar, seguiría completándola.
El desafío es enorme, pero lo bueno es que me gusta eso.
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