Sintió ese aroma a tierra mojada que le gustaba mucho. Se recompuso, pero cada vez que se miraba, volvía esa sensación de incomodidad. Mirarse era como estar en una cuerda floja, le gustaba la sensación de riesgo pero quería que eso termine lo más antes posible. Afuera, la lluvia aumentó su intensidad y ahora se trasladó a sus ojos, aunque ella no sabía muy bien porque lloraba. O quizá si lo sabía, pero le daba muchísimo miedo admitirlo. Observó como su cara se iba transformando con las lágrimas, se dio cuenta de que era lindo llorar. Tuvo la remota idea de que al llorar, todos sus males y demonios iban a quedar atrás.
Pensó en todos aquellos hombres que rechazó. ¿Por qué había rechazado a tantos hombres? Había pensado en que quizá no le gustaban realmente y lo estaba descubriendo ahora. Pero sí le gustaban, ella lo sabía, tenía un morbo hacía los hombres. Pero esto no respondía a su pregunta, nada de lo que ella pudiera descifrar iba a responderla. Era complicado ser ella, creyó ciegamente que podría regular sus relaciones sociales a partir de cálculos matemáticos fríos y distantes. No entendía que las matemáticas y las sociales son imposibles de unir. Por mucho tiempo tuvo esta idea, enfrentando fracaso tras fracaso, pero nunca dejó de sonreír.
Sabía que tenía conocimientos y se preocupaba por ello, pero su perfeccionismo extremo la llevó a creer que nunca sería suficiente. Cuando se miraba sentía eso: nunca seré suficiente. Y la verdad es que no importaba para esta mujer toda la cantidad de libros que haya leído, nunca alcanzaría. Su cara se lleno de un rojo vivo, fuerte, vergüenza. Lo sabía, le daba vergüenza ser ella. Se sentía tan pero tan torpe. Por un momento creyó que nunca podría cambiar, que había crecido y aprendido para pasarse la vida luchando contra sus demonios. Luchando contra ella misma, esos demonios eran parte de su ser. No podía salir.
Intentó recordar todas aquellas cosas buenas que le dijeron alguna vez. Eran muchas y eso es bueno. Pero la mujer frente al espejo solo podía ver lo nefasto, las cualidades buenas eran invisibles ante sus ojos. El trabajo de auto-destrucción recién comenzaba. Era muy irónico en ella, porque siempre estuvo luchando por defender la vida y el amor, lo había perdido.
Miré a la mujer del espejo, estaba alborotada y llorando. Solté su pelo negro y largo, le acaricié la cara, tenía una belleza única. Me atreví a decirle que todos tenemos una belleza que es única, que no se preocupe, que cada mujer es hermosa a su manera. También le dije que no importaba que sea algo torpe o algo distraída, era hermosa. No importa cuantas veces se ha caído, lo que importa es todas las veces que pudo levantarse. "No necesitas a nadie más que a vos" le grite con emoción, mientras ella seguía mirando su imagen, perdida. Y le escribí:
"Sé que no estás bien, pero es importante que sepas que podes ser todo lo que queres ser. No importa cuantos libros leíste, no importa cuanto sepas de cultura general o de economía, sos única y eso es hermoso. No te olvides lo hermosa que sos de esta manera, no intentes cambiar. Todo lo que hagas es irrepetible, aprovéchalo. No tengas miedo. Confía en vos y sobre todo, nunca dejes de sonreír. "

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