sábado, 30 de abril de 2016

Terrazas

Que lindo es sentarse sobre el cemento duro allá bien alto en el cielo. Ahí en ese lugar se encuentran el cielo y el alma unidos, sincronizados, de un lado a otro. Y sintiendo el aire frío resbalar por la cara, las manos empiezan a enfriarse, pero no así el pensamiento. Es que es imposible que un lugar tan bello no invite a pensar.
Parece imposible encontrar semejante situación y no toparnos con un edificio lleno de ventanas de un vidrio inmutable. En esta parte de la ciudad ya casi no quedan cosas bellas. Cada vez que uno levanta la cabeza hacia el cielo e intenta buscar ese pedacito de cielo que lo ayuda a poner los pies sobre la tierra, no puede. Es que este pedacito de cielo esta invadido y manchado, por todos esos cables que lo atraviesan y no nos dejan ver ni siquiera a ese avión que pasa por la tarde.
Hubiese preferido no tener que subir tan alto para encontrar esta imagen. Hubiese preferido sentarme en el pasto de afuera y apreciar el árbol desde abajo, darle un abrazo quizá. Es que no puedo abrazar a ese árbol porque hay una pared que no me deja pasar y si la subo el anciano va a gritar y quizá entre los vecinos me quieren sacar.
Ojala todo fuese como esta imagen, real. Porque yo acá sentada en este cemento duro miro a los costados y no me siento feliz. Estoy ahogada en un aire de ladrillos huecos que me oscurece la vista. Y este cemento no me permite oler el aroma de las flores que tanto me gustaba, pero adentro de mi casa hay unas fragancias que los imitan perfectamente. Pensándolo bien, hace mucho no siento el olor a pasto recién cortado. Sin embargo, muy a menudo huelo el desagradable humo que largan los colectivos. Y hablando de colectivos ¿Quien diría que cuarenta personas desconocidas viajarían juntas, hacinadas, en un transporte sin siquiera dirigirse la mirada? Que cosa rara el ser humano.
Extraño ver a mi mamá regando flores en el jardín, que ya no existe. Y también respirar aire puro. Extraño.
Es que nosotros construimos estas casas enormes y cada vez nos sentimos mas solos. Construimos estos refugios de concreto para separarnos cada vez mas de ella, sin saber que nosotros en sí somos ella.

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