Llegó con ese perfume masculino y una mochila que escondía las pesadillas de un día agotador. Hubo silencios. No eran incómodos, o quizá si lo eran pero trataron de convencerse de lo contrario. Paseos sobre el pavimento de una ciudad llena de personas tan solas, una cerveza o dos. Bares de mala muerte en el medio, una que otra risa, deshoras.
Subieron por un ascensor elegante y terminaron en un balcón, disfrutando del poco viento que se filtraba entre los edificios. La habitación se oscureció de repente y las sabanas estaban cayendo de la cama. Ella miró al techo y pensó en lo que no tendría que pensar. El la miró de tal manera que la asustó. Miró nuevamente hacia arriba y lo supo. Todavía estaba viajando en el colectivo con la cabeza apoyada en la ventana, todavía estaba parada en esa esquina con su espalda junto a la pared, todavía caminaba por esas calles conocidas pero no propias. ¿Que estaba haciendo ahí? Nunca lo supo. Ni siquiera en el remis de vuelta. No se reconocía en el espejo retrovisor, aunque seguía siendo la misma de siempre. La diferencia era que le brillaban los ojos por razones que conocía solo ella y poco tenían que ver con esa noche.
Excelente!
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