lunes, 15 de junio de 2015

Burbuja

Siento el peso de una mano sobre mi hombro derecho y un susurro en mi oído contrario me aísla de ese pensamiento lejano. Sé perfectamente que lo que me están diciendo es absoluta y totalmente por mi propio bien, pero prefiero no escuchar, aunque sea muy buena haciéndolo. Otras voces familiares me hablan, pero sigo sin escuchar porque ya sé de que se trata. Siempre se trata de lo mismo.
Y mientras no paran de suplicar, yo sigo pensando en lo mala que soy para cumplir promesas. Hace muy poco tiempo atrás, era yo la que escribía en las notas de mi celular, aunque parece imposible.
Y unas lágrimas empiezan a surgir de mis ojos llenos de cansancio, acompañadas de ese fuego que inunda toda mi cara, esa característica tan propia. Aunque quiero estar justo ahí, pienso que estoy en otro lugar y vuelve la calma. Atrás de la puerta blanca está mi espalda y ahora las lagrimas siguen con un viaje que termina en mi boca. Y ni siquiera entiendo porque.
Me asusta el pensar. En lugar de pinchar la burbuja en la que fui obligada a entrar, me hice parte de ella. Ahora somos una, y es un lugar difícil de abandonar. De a poco, en el espejo veo reflejada a esa persona que siempre odié y nunca quise ser. O siempre fui. Esa persona necesita la seguridad que jamás tuvo.

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